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Rodríguez Silva
Rodriguez Silva

Olivares, Sevilla, 1960

Rodríguez Silva pone el acento en lugar más extremo de la abstracción, la monocromía. Para el artista sevillano, el mero acto de expandir un pigmento sobre una superficie ya es considerado un hecho artístico en sí mismo. Los distintos formatos y espesores del óleo, asumen el protagonismo de la obra e invitan al espectador a disfrutar de su dimensión tridimensional. A partir del fragmento como elemento estructural, el artista desarrolla obras complejas que propician la interacción entre elementos modulares.
La rigurosa planitud y frialdad de la lámina metálica contrasta con las generosas capas de materia pictórica que dotan al soporte de una gran sensualidad matérica. El color es utilizado bajo un ambivalente criterio de ausencia-presencia: en unas obras está presente de forma unívoca, con saturaciones exaltadas y rotundas, asumiendo un papel más destacado. En otras, su ausencia se erige en portadora de significados, permitiendo a la forma hacerse más activa y visible.
El artista asume una postura esencialista frente a la práctica artística, en tanto su principal preocupación plástica se concentra en los aspectos materiales y concretos de la pintura. Mostrando el contraste entre el carácter inerte y deshumanizado del metal y la cualidad orgánica de la materia pictórica, su obra (desnuda de artificios, imperturbable y sintética) persigue la máxima intensidad visual con la mínima e imprescindible utilización de elementos plásticos.