Colectiva Verano
14 Jul 2026 - 12 Ago 2026
La galería Fernando Pradilla presenta su exposición colectiva de verano que este año está dedicada a presentar la obra de algunos de nuestros artistas representados junto con la de otros artistas invitados que exponen por primera en nuestras salas. El vínculo común entre ellos es la investigación pictórica sobre el soporte.
De esta manera, nos encontramos las propuestas geométricas basadas en la línea, el plano y el color de Jorge Cabieses (Lima, Perú, 1971) y de Hildebrando De Castro (Olinda, Brasil, 1957).
Cabieses nos sorprende en sus recientes pinturas con la incorporación de gestos, pinceladas y trazos más libres que incorpora a la geometría de “borde duro” a la que nos tiene acostumbrados. A lo largo de sus distintas series ha trabajado a partir de la apropiación de imágenes y soportes como aquella geometría sobre tapices de gobelinos o sobre láminas de libros de historia que representan obras académicas de pintores clásicos.
En una línea similar de investigación sobre la geometría se encuentra Hildebrando De Castro. Este artista lleva años realizando un trabajo basado en estudios de campo sobre fachadas de edificios que despiertan su atención por motivos constructivos. En esta exposición colectiva presentamos dos pinturas que rinden homenaje a la arquitectura de brise-soleil, solución constructiva promovida por Le Corbusier en el que el sistema de lamas de las fachadas actúa como un parasol tanto para proteger el edificio del sol como para orientar la luz en su interior. De esta manera, Hildebrando De Castro rinde homenaje a algunos de los arquitectos contemporáneos que admira como Herzog and De Meuron y Roger Diener, en unas pinturas donde los distintos planos de color o la combinación de formas en blanco y negro propician una abstracción en clave geométrica y bidimensional de las masas constructivas de los edificios confiriéndoles una dinámica de juego óptico que resulta muy atractiva.
En otro camino de investigación encontramos la obra de dos artistas que participan en la muestra colectiva de este verano, Vicky Neumann y Aurora Lario. El cuerpo humano entendido como territorio político de representación es el motivo alrededor del cual conforman sus obras. Vicky Neumann (Barranquilla, Colombia, 1963) pinta escenas de interiores domésticos en los que se trasluce una atmósfera del pasado que sugiere recuerdos de la infancia de la artista. Los muebles, los objetos y los cuadros que decoran las estancias se despliegan ante nuestra mirada como objetos borrados por el tiempo. La técnica está basada en la superposición de planos pictóricos y el arrastrado de la pintura en ciertas áreas del lienzo. Estas zonas de “arrastre” parecen sugerir escenas de “borrado de información” que remiten a escenas de la fantasmagoría y el ilusionismo. Las figuras humanas representan mujeres jóvenes durmiendo o acunando a bebés en su regazo; la figura masculina aparece sentada en un sillón observando. Es interesante también la representación del “cuadro dentro del cuadro”, estas estancias domésticas están decoradas con pinturas propias de la decoración burguesa como paisajes y bodegones.
La superposición de imágenes y sus encuentros inesperados han servido a los artistas, primero desde el surrealismo y más adelante en su heredero el nuevo realismo, para provocar en el espectador una reflexión sobre el significado de lo que vemos. Las imágenes de lo cotidiano son
descritas a través de la pintura, del remiendo, del retal. Las obras de Vicky Neumann se convierten así en composiciones que incorporan lienzos cortados, fragmentos de otras pinturas que se reconfiguran en la superficie del lienzo para generar nuevas interpretaciones de lo que vemos.
Aurora Lario (Madrid, España, 1967) retoma en estas series donde el cuerpo adquiere un total protagonismo, la pintura al óleo, técnica que le ha permitido hablar del paso del tiempo en la piel. Si bien se trata de una obra figurativa, la artista evita los detalles con pinceladas grandes, masas de pintura que se aglutinan en fragmentos de abstracción. “El desnudo siempre representa vulnerabilidad. Es una imagen que todos compartimos, cada uno desde su experiencia personal. Desde la felicidad hasta la desesperación, los seres humanos mostramos las emociones con todo el cuerpo, y el desnudo es la forma más pura, auténtica y veraz para hacerlo”, apunta Lario, que en su nueva propuesta aborda la feminidad, el erotismo, el amor, la maternidad, la violencia, el exceso, la vejez y la muerte, temáticas que en las que rescata partes del cuerpo humano que le han interesado desde el inicio de su carrera artística.
Siguiendo en esta temática de representación de la figura humana nos encontramos también la obra de Ricardo Muñoz Izquierdo (Pereira, Colombia, 1985) quien, además de ser artista plástico, es un destacado cineasta experimental en la escena colombiana. Su obra combina escatología, violencia y autobiografía para construir un surrealismo único. Explora el lenguaje audiovisual, el dibujo y la fotografía. Las obras que forman parte de esta muestra colectiva de verano, pertenecen a su proyecto Antropofagia psicotropical que, en palabras del comisario Elías Doria, constituyen “un prototipo de bestiario, un sistema de pensamiento y una poética de lo mental. Esta categoría parte de la premisa central del Manifiesto antropófago de 1928, de Oswald de Andrade, quien proponía la devoración crítica del canon colonial como vía para crear una cultura propia. Al igual que los tropicalistas brasileños, que décadas más tarde radicalizaron esta noción al construir una estética psicodélica capaz de transmutar la influencia extranjera en una identidad exuberante, Ricardo Muñoz Izquierdo retoma esta lógica antropofágica. Sin embargo, no busca la simple digestión del canon, sino su fragmentación y reconstrucción en un ensueño híbrido, donde el inconsciente, el humor ácido y la pulsión imaginaria operan como fuerzas transformadoras. Aquí, el trópico no es una alegoría geográfica, sino la clave de un mecanismo perceptivo capaz de revelar lo monstruoso y lo sublime desde una posición insurgente.”
En otro ámbito de investigación nos topamos con la obra de Alejandro Sánchez (Bogotá, Colombia, 1981) cuya obra reflexiona sobre la globalización, el capitalismo desmedido y el libre comercio en América. Las obras presentes en esta exposición forman parte de su serie Fantasmagoría, un proyecto clave del artista que aborda el uso del color como un dispositivo de dominación, la deconstrucción del progreso urbano y la ilusión óptica. El artista se apropia del término "fantasmagoría" bajo la perspectiva de Karl Marx, quien lo utilizó para describir cómo el mundo de las mercancías oculta el rastro del trabajo humano que las produjo. Sánchez echa un velo óptico sobre sus obras que las desprovee del color para alentar al espectador a confrontar una ilusión. Sus obras buscan cuestionar la veracidad de las imágenes de archivo, demostrando que la historia y las paradojas del poder dependen exclusivamente del lugar desde donde se les mire.
Como apunta el crítico de arte Christian Padilla, “Alejandro Sánchez experimenta la tartrazina - una sustancia que tiñe artificialmente las bebidas, las golosinas y hasta las carnes-, convirtiéndola en pigmento y a la servilleta en soporte, una decisión simbólica del artista que refuerza el vínculo entre sus obras y su indagación sobre la construcción de aquellos imperios económicos. Esos materiales le sirven para construir imágenes que revisan con nostalgia el pasado de las ciudades en proceso de modernización, especialmente la floreciente Bogotá de mitad de siglo. Pero lo que a la distancia parece ser una copia hiperreal de las fotografías de antaño es, visto de cerca,
un patrón topográfico de montañas que se repite a lo largo de toda la superficie. Así, la pintura de Sánchez se convierte en una hipnótica ilusión visual y permanece como una imagen fantasmagórica en el medio de ambas distancias. De lejos, el retrato de una nación que construye su progreso concibiéndolo como infraestructura y ciudad. De cerca -leyendo entre líneas- el paisaje que es la verdadera riqueza es construido y suplantado con un tinte artificial, como una alegoría a la colonización de las multinacionales al territorio nacional.”
Esta muestra colectiva incluye dos magnificas pinturas de uno de los artistas habituales de la galería Fernando Pradilla, se trata de Juan Francisco Casas (Jaén, España, 1976) del que mostramos dos grandes lienzos de su reciente proyecto, La noche sexual. Inspirado por el libro del mismo título de Pascal Quignard, estas obras exploran las relaciones entre lo representado y lo real a partir de la imagen que nos devuelve el espejo. En este caso se trata de imágenes caleidoscópicas que proyectan un reflejo narcisista donde el eros y el tánatos se encuentran. Las pinturas, dos grandes bodegones de flores pintados con óleo y lápiz de labios nos devuelven una imagen erotizada de un bouquet de flores inspirados por aquellos pintados en el siglo XVII por la artista holandesa Rachel Ruysch a la que rinde homenaje con esta serie.
La selección de este verano se completa con tres pinturas de Natalia López de la Oliva, (Tomelloso, Ciudad Real, España, 1998), una artista singular que combina la narrativa literaria de la poesía con la pintura. Sus escenas esconden relatos de personajes diferentes, extraños cuerpos y seres con ojos fluorescentes que nos miran como si estuvieran en otra realidad dimensional. Es una pintura cuyo trabajo contiene la ambigüedad intuitiva del que observa el mundo desde la ventana de la cocina. Graduada en Bellas Artes por la Facultad de Bellas Artes de Cuenca, desarrolla un expresionismo antropomorfo donde las imágenes y sensaciones se deshacen en la plenitud del lienzo. Desde una narrativa honesta, su pintura es el vehículo para transmitir su particular visión y comprensión del mundo. Su paleta de color, de toque expresionista, se esparce por la superficie del lienzo provocando contrastes de tonos y formas que apelan directamente al subconsciente del espectador para que sea éste el que dé sentido a la escena que le observa desde el cuadro.
